
El Palacio Nacional, escenario fundamental de la historia de México, tuvo sus orígenes en la época de la Conquista del Imperio Azteca por Hernán Cortés , quien en 1523 dispuso se construyera sobre las ruinas del Palacio de Moctezuma Xocoyotzin.
Con el inicio del sistema virreinal en la Nueva España hacia 1535, este inmueble, que originalmente poseía una fisonomía de fortaleza medieval, dio alojamiento a los representantes del máximo poder novohispano. El segundo virrey Don Luis de Velasco fue quien lo habitó por vez primera. Durante su gobierno, el edificio fue acondicionado para dar también cabida a los tribunales y a la cárcel de la Corte Real.
A través del tiempo esta construcción logró su posterior arquitectura, luego de diversos acontecimientos que vendrían a modificarlo: en 1659 se suscitó un incendio en la cárcel y en 1692 hubo nuevos incendios y saqueos provocados por un tumulto de indígenas. Se iniciaron entonces obras de reconstrucción que se prolongaron hasta muy avanzado el siglo XVIII, dándole al palacio la forma de un edificio barroco.
Consumada en 1821 la Independencia de México, el inmueble fue denominado Palacio Nacional, por ser la sede de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Durante la primera mitad del siglo XIX, Palacio Nacional se mostraba deteriorado y olvidado, hasta que en 1852 Mariano Arista ordenó el remozamiento y la ampliación de la tercera puerta, en el costado norte de la fachada.
En la época del Segundo Imperio, el emperador Maximiliano promovió la construcción de diversas obras al interior de Palacio; entre otras, creó el Salón de los Insurgentes en las áreas presidenciales y el levantamiento de la escalera de la emperatriz.
Con motivo del centenario de la independencia, durante el gobierno de Porfirio Díaz, se decoraron los salones presidenciales. Destacan los plafones de algunos salones y el salón Panamericano, elaborados por el arquitecto Antonio Rivas Mercado.
En la época del presidente Plutarco Elías Calles, se inició la construcción del tercer nivel y se restauró la fachada, completándose así la fisonomía arquitectónica actual de Palacio Nacional.
Con el inicio del sistema virreinal en la Nueva España hacia 1535, este inmueble, que originalmente poseía una fisonomía de fortaleza medieval, dio alojamiento a los representantes del máximo poder novohispano. El segundo virrey Don Luis de Velasco fue quien lo habitó por vez primera. Durante su gobierno, el edificio fue acondicionado para dar también cabida a los tribunales y a la cárcel de la Corte Real.
A través del tiempo esta construcción logró su posterior arquitectura, luego de diversos acontecimientos que vendrían a modificarlo: en 1659 se suscitó un incendio en la cárcel y en 1692 hubo nuevos incendios y saqueos provocados por un tumulto de indígenas. Se iniciaron entonces obras de reconstrucción que se prolongaron hasta muy avanzado el siglo XVIII, dándole al palacio la forma de un edificio barroco.
Consumada en 1821 la Independencia de México, el inmueble fue denominado Palacio Nacional, por ser la sede de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Durante la primera mitad del siglo XIX, Palacio Nacional se mostraba deteriorado y olvidado, hasta que en 1852 Mariano Arista ordenó el remozamiento y la ampliación de la tercera puerta, en el costado norte de la fachada.
En la época del Segundo Imperio, el emperador Maximiliano promovió la construcción de diversas obras al interior de Palacio; entre otras, creó el Salón de los Insurgentes en las áreas presidenciales y el levantamiento de la escalera de la emperatriz.
Con motivo del centenario de la independencia, durante el gobierno de Porfirio Díaz, se decoraron los salones presidenciales. Destacan los plafones de algunos salones y el salón Panamericano, elaborados por el arquitecto Antonio Rivas Mercado.
En la época del presidente Plutarco Elías Calles, se inició la construcción del tercer nivel y se restauró la fachada, completándose así la fisonomía arquitectónica actual de Palacio Nacional.
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